| “La noche que yo amo es turbia como tus ojos, larga como el silencio, amarga como el mar (…) La noche que yo amo no amanece jamás...”, canta Joaquín Sabina en “Noche Negra”. Como el poeta, cada uno tiene la suya, algunas se hacen eternas, otras son al calor de un hogar.
Hay noches de adrenalina, de excitación y también hay noches calmas y melancólicas. Desde momentos en que la soledad se hace insoportable hasta otros en que la compañía es puro placer. “Que noche la de anoche” debe ser uno de los mejores amaneceres posibles, es el recuerdo que trae sonrisas y una necesidad de difusión inmediata. Pero también hay un tiempo donde la noche solamente es ocio, es diversión, y es dejarse llevar por el fervor de una multitud. Esa, a veces llamada “movida nocturna” o -en nuestra revista- “recorrido urbano”, es la noche entre amigos, de convocatoria en fiestas, eventos o jornadas semanales en la disco o en el pub. La misma que ya no es la misma a la de años atrás, una noche que fue de pantalones cortos, hippie, utópica, rocanrolera, pop, de lentos y reservados, “con pizza y champán” (sic) hasta de botellas de agua mineral y electrónica. Cambia al igual que sus modas, se metamorfosea y se aggiorna a la cultura de cada época.
Por otro lado, cuando se dice noche, generalmente la asociación inmediata es a juventud, porque si bien la edad no determina las salidas, son ellos -los jóvenes- los amos y
señores del circuito nocturno. La del tercer milenio presenta formas de diversión características que van desde eventos electrónicos de largas horas -donde los sonidos jamás disminuyen el ritmo frenético- hasta estimulantes que se mezclan con alcohol o sustancias que se cocinan en laboratorios. Por supuesto, no se trata sólo de exceso, pero Las Mil y Unas noches es una función en continuado donde más que aguantar hasta que salga el sol, hay que seguir hasta que caiga.
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