| Tal vez sin llegar al extremo de la catástrofe fulminante que terminó con los dinosaurios, pero sí con un poder letal para hacer desaparecer a la especie, el siglo XXI pareciera proponer un cambio drástico en las relaciones planteando desde el vamos la ausencia de los hombres en la constitución de la pareja.
Al menos, es eso lo que dicen ellas: cuchicheos que se perciben en los rincones de una oficina, murmullos que trascienden las reuniones de amigas, o el tema más repetido en los salones de belleza. ¿Dónde hay un macho, viejo Gómez?, se pregunta una Tita posmorderna.
Argentino y viril, guapo pero tierno, fiel y caballero, ¿Dónde se han metido? agita una veinteañera pese a que nunca se ha topado con alguno que incluya todas esas características. ¿Habrá alguien que reúna todas esas cualidades?, cuestiona una amiga.
Pero ya ni siquiera es la perfección lo que buscan, aseguran ellas. “Con fallas y todo, pero al menos uno”, confiesa una de treinta. Otra, manifiesta su desacuerdo.
Pero se alistan, se preparan para la competencia que tendrá ribetes de gran batalla. Maximizan sus virtudes ya sea achicando las faldas, expandiendo el escote o yendo al frente de combate con un irresistible arsenal verbal. Es a cara o cruz: la que encuentre al último hombre se llevará todos los galardones. Para las demás…nada. (salvo que encuentren algunas sobras).
Haciendo números
Matemáticamente hablando sabemos que en nuestro país las mujeres son mayoría, y si bien es un mito eso de las siete mujeres para cada hombre (seguramente al inventor de esa teoría ya lo han agarrado a trompadas), las chicas se multiplican a lo ancho y a lo largo del país. En las tres ciudades
donde se distribuye Las Rosas las cifras son elocuentes:
Según el Censo 2001 en Mendoza son más de 40.000 las féminas, en Rosario más de 50.000 y en Córdoba casi 60.000. Entonces, o son esas miles de más las que se andan quejando de que faltan hombres o son más de uno los que tienen que jugar a dos puntas para dejarlas contentas. Con algo de machismo podríamos convenir que es casi una obligación moral, la del hombre, atender las necesidades de esas damas que exceden y que son un remanente del normal equilibrio. Quizás para poder individualizarlas convenientemente, tendrían que andar con esas cintitas en la muñeca que se usan en los VIPs o portar remeras con la leyenda… “Soy la que sobra”. “Con esta ventaja numérica, cualquier renacuajo la va de Brad Pitt”, suscribe de parte de una amiga Marcelo Moreno en su columna dominguera de Clarín.
¿Será nomás que ante tanta demanda - y encima con una oferta mínima -, haya ejemplares masculinos que logran subir su cotización pese a poseer atributos de medio pelo? Se lo consulto a una sabia observadora que duda que así sea. “Pese a que como en cualquier regla de mercado algo que no abunda posee un valor más elevado, los hombres solteros actuales tienen que mantenerse en las mejores condiciones para lograr ser objetos deseados. Es decir, deben tener un buen lomo a fuerza de mucho gym, lucir elegantes, ser cultos y demostrar caballerosidad. Las mujeres no perdemos tiempo en la mediocridad aún en los casos que la soledad se empieza a volver insoportable”.
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