| Una vez más nos hacemos eco de las quejas que se multiplican en nuestra recorrida nocturna, si en número anteriores dimos cuenta de la conducta metrosexual de los hombres o de cierta posibilidad de desaparición de la especie ante la poca abundancia viril, llegó el momento de hacernos eco de una preocupación latente en
épocas de pauperización de los sentimientos.
Entre pubs, discos y mesas de amigos fuimos
testigos de un lamento multiplicador, los artificios para lograr enamorar a una persona son inmundicias ante un único atractivo: la riqueza. El mismo que tienen los que poseen una cuenta bancaria abultada o de los que hacen lo imposible para hacer notar su diferencia “económica” con el resto.
Tomamos nota de la resignación de los clásicos mujeriegos, de aquellos vagos y pobretones muchachos que alegraban su vida con señoritas que echaban de menos su miseria. Fuimos testigos de la caída de personas que nacieron con genes agraciados, de jóvenes de rostros dibujados por una perfección cinematográfica y poseedores de cuerpos simétricos.
Sin querer escuchamos la desazón de los casi
A la hora de la conquista o del tan repudiado “levante”, las almas en soledad (que buscan compañía) se enfrentan a un enemigo letal, un adversario capaz de hacer sucumbir sus posibilidades en un santiamén: la billetera. Galanes, chamuyeros , señoritas de belleza galopante se rinden ante el poder de la mercancía. Pero, ¿puede el dinero derrotar a la pinta? extintos verseros ante un rápido corte de rostro de su presa, aquellos a los que su labia era un cuento de nunca acabar que casi siempre acababa, literalmente, de a dos.Asimismo, sobran los ejemplos de los resignados a quedarse con el sobrante, con las migajas dentro del ranking de personas deseadas.
Tampoco faltaron los que decidieron dejar de salir ante la competencia desleal que le propinan los que tienen más mangos que mañas. Asombrosamente, fueron más de un centenar los correos electrónicos que nos llegaron de lectores afirmando enérgicamente que la frase que alguna vez inmortalizó el argentino Jacabo W, era una gran verdad. A propósito, les recomiendo leer a un resumen de ellos en el dossier de la presente nota. Son mayoría los que basaron su testimonio en casos reales. ¿Será nomás que la billetera mató al galán?
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