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En la democracia machista nos acostumbramos a aceptar y felicitar a veteranos que tenían a su lado a una joven mujer. Para muchos se trataba de un hombre maduro astuto, inteligente y envidiado. De chicos nunca decíamos cuando sea grande “quiero ser tal cosa” (bombero, electricista o técnico de televisión), por el contrario, soñábamos con llegar a la tercera edad para ser una especie de Franco Macri, rodeados de autos lujosos, mansiones y, sobre todo, mujeres bellas y lozanas.
Pero en la dictadura de los sentimientos, la ética del amor se modificó al compás de la consolidación del feminismo como alternativa de poder. Con las mujeres arriba, ese mismo señor pasó a ser visto como un “viejo verde” que debería estar haciéndole barquitos de papel a su nieta. Un anciano que debería acercarse a una jovencita nada más que para contar anécdotas de infancia.
Y esa rotunda modificación de poder, ese gobierno que cambió de manos, las peludas por las de piel sensible, hizo emerger nuevas
figuras en el terreno del sexo y el amor (y viceversa o todo junto, como prefiera). Desde los resabios del machismo, los SUB 30 son las estrellas del momento. Los amantes que, además de las niñas de su generación, son requeridos por las damas con experiencia. Como dice el licenciado, la síntesis perfecta entre experiencia y juventud, la conjunción entre salvajismo y protección que permite una relación de las más intensas pese a tener fecha de caducidad.
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