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Las
vacaciones regalan distracción y renuevan las baterías, al tiempo que relajan, desafectan la rutina diaria y no saben de horarios, permitiendo que surjan apasionados momentos y enamoramientos. Son relaciones que ganan en pasión, que exprimen al máximo el tiempo, que consumen toda la energía, pero que indefectiblemente en algún momento terminan. Katusa Nishihara decía que “los romances fugaces actúan como revulsivo pero siempre llevan fecha de caducidad”. Pero aunque lo que parece eterno puede durar poco, en el verano se trata de dejar hasta la piel por un amor, como un plus hormonal que desafía al tiempo aún sabiendo que eso es imposible. Se puede vivir algo muy intenso como jamás se vivió, pero también tan efímero como nunca. Pero a nadie, nada, “le quitará lo bailado”, y pese a que algún corazón quede herido, nadie podrá
extirpar el recuerdo que quedará mucho más allá de lo imaginable.
CHOQUES DE VERANO
“Conocer una chica e ir directo a los bifes es lo mejor. Más si te la encontrás en el verano, porque si es de otro lado, se disfruta con más intensidad ya que cabe la posibilidad de que no la veas más. Entonces la pareja procura vivir cada momento como si fuera el último, y uno trata de poner las mejores cartas en la mesa para que la persona que te enamoró se lleve el mejor recuerdo”, afirma Andrés Ferreiro (29).
Como el muchacho del testimonio, son varios los que extreman a fondo su capacidad de agradar en la temporada estival y, al igual que los jugadores juveniles de fútbol que debutan en las copas veraniegas, tratan de asombrar en unos pocos minutos y buscan que su tarea en el campo de juego sea más que sobresaliente.
Convertir un golazo en la alcoba después de largas gambetas, transpirar la camiseta más allá de lo común, o terminar definiendo sobre la hora un pleito por demás ajustado, son proezas que en el campeonato de sentimientos dejan profundas huellas. Pero también el verano le permite mayor importancia a la apariencia, y lo que pareció una fantástica demostración de habilidad, puede dejar de ser una promesa en poco tiempo. ¿Cuántos se maravillaron con la destreza de un enganche que tuvo una noche formidable en un partido jugado en Mar del Plata, y cuando empezó el campeonato oficial apenas alternó unas fechas en el banco de suplentes? Del mismo modo, quienes juran amor eterno en las primeras citas y acaban regalando cuantos ramos de flores se le crucen por el camino, para luego desaparecer y terminar marchitando la relación en un florero. “Pichón de vuelo corto”, supo decir una tía. “Es que los amores de verano están todos hechos de la misma materia. Promesas que nunca llegan a cumplirse, sueños que nunca llegan a realizarse, pero sobre todo se nutren del recuerdo”, sostiene Marta Segovia para Uno Contenidos, y agrega: “entre risas, salidas nocturnas, baños y bañistas, la pareja del verano se enamora y se prometen la luna y la vida entera. Luego llegan las primeras cartas, las llamadas telefónicas (ahora también los e-mail) y todavía te estás preguntando por qué no sabe igual. No es que
prefieras volver a vivir la misma vida, es que el chico/ a sacado de contexto parece que no es lo mismo. Sus palabras, entonces, las empiezas a oír de lejos, sus susurros telefónicos se asemejan a interferencias, y todavía te sigues preguntando el por qué de todo aquello”. Sin embargo, no todos piensan que la historia veraniega es una experiencia innecesaria porque indefectiblemente vaya a terminar. Mientras que algunos prefieren un par de buenas historias antes que la redundancia de un noviazgo prolongado, otras se inician en una aventura de altas temperaturas porque en el fondo creen que no será sólo una anécdota, sino que, por el contrario, quizás sea el primer paso de una
extensa relación.
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